En marzo de 2026, el Instituto de Finanzas Internacionales calculó la deuda total del planeta en casi 353 billones de dólares. Billones en español, es decir, millones de millones. Puesto en perspectiva: es más de tres veces todo lo que el mundo entero produce en un año.
El titular casi siempre viene con la misma insinuación de fondo: vamos derecho al precipicio. Quiero proponer otra lectura, porque llevo tiempo trabajando con números de empresas y he aprendido una cosa: la pregunta interesante nunca es cuánto. Es a quién y para qué.
Nadie le debe a los marcianos
Empecemos por lo que más cuesta aceptar: toda deuda tiene dos lados.
Cuando alguien debe un peso, alguien más tiene un peso a su favor. No hay excepción. Es la misma cifra vista desde dos sillas distintas. Así que cuando lees "el mundo debe 353 billones", puedes leer con exactamente la misma verdad: "el mundo posee 353 billones en activos financieros".
¿Quién los posee? Tu Afore. El seguro de vida de tu tío. El fondo de pensiones de un maestro jubilado en Toronto. El banco donde tienes tu nómina. Los ahorros de una familia en Osaka. La deuda del mundo no es un hoyo por el que se está fugando el dinero hacia afuera del planeta.
Es un espejo: somos acreedores y deudores de nosotros mismos.
¿Y por qué existe la deuda?
Porque el dinero de mañana no sirve para pagar el horno de hoy.
Piensa en una panadería que quiere crecer. El horno industrial cuesta lo que la panadería gana en cuatro años. Puede ahorrar cuatro años y crecer al quinto, o pedir prestado, comprarlo hoy y pagarlo con la producción que el horno mismo genera. La deuda es, en el fondo, una tecnología para mover ingreso del futuro al presente.
Los países hacen exactamente lo mismo con carreteras, hospitales y redes eléctricas. Nadie construye un tren esperando a juntar el dinero en efectivo.
Y ahí está la distinción que sí importa, y que casi nunca aparece en los titulares: hay deuda que compra capacidad productiva y hay deuda que tapa un hueco. La primera se paga sola. La segunda solo aplaza el problema y lo encarece. El monto no te dice cuál es cuál.
¿México le debe a Estados Unidos?
Es la creencia más extendida y es, casi por completo, falsa.
Hoy el 78% de la deuda pública mexicana está en pesos y en manos mexicanas: Afores, bancos, aseguradoras, ahorradores. El acreedor principal del gobierno mexicano es el trabajador mexicano que está juntando su pensión.
El 22% restante, la deuda externa, tampoco es un préstamo que Washington nos haya extendido. Son bonos que el gobierno emite y que compran fondos de inversión, aseguradoras y fondos de pensiones de medio mundo, más créditos de organismos como el Banco Mundial y el BID. No hay un funcionario estadounidense con la facultad de "exigir que le paguemos". Nadie tiene ese botón.
Y aquí viene el dato que descoloca a cualquiera: el Banco de México administra casi 258 mil millones de dólares en reservas internacionales, de las cuales entre 80% y 85% están en dólares, incluidos bonos del Tesoro de Estados Unidos.
Entonces, ¿a quién le debe Estados Unidos?
A sí mismo, principalmente.
De los 39 billones de dólares que debe el gobierno estadounidense, 7.6 billones son deuda que una parte del gobierno le debe a otra parte del gobierno. De los 31.4 billones restantes, los inversionistas estadounidenses tienen 17.7 billones y los extranjeros 9.3 billones. La Reserva Federal, por sí sola, tiene 4.4 billones: más que Japón, Reino Unido y China sumados.
Eso desarma de un plumazo la idea de que "China es dueña de Estados Unidos". China posee menos del 3% de la deuda estadounidense en manos del público, y lleva años reduciendo su posición.
El mayor acreedor de Estados Unidos es Estados Unidos.
¿Cómo se puede deber más dinero del que existe?
Esta es la parte que de verdad rompe la cabeza. Todo el dinero del mundo —efectivo más depósitos bancarios— ronda los 120 billones de dólares. La deuda es de 353. Debemos casi tres veces el dinero que existe.
No es un error contable. Son tres cosas:
Primero, el mismo dinero pasa por muchas manos. Te presto mil pesos. Le pagas al carpintero. El carpintero los deposita en su banco. El banco los presta otra vez. Los mismos mil pesos físicos acaban de generar tres deudas. El dinero es una foto, un saldo en un instante. La deuda es una acumulación de promesas hechas a lo largo de décadas. Comparar una con otra es comparar cosas distintas.
Segundo, nadie paga todo el mismo día. Esa deuda vence repartida a lo largo de veinte, treinta, cincuenta años. Decir que el mundo está quebrado porque debe más dinero del que existe es como decir que tú estás quebrado porque tu hipoteca a veinte años es más grande que lo que traes hoy en la cuenta.
Tercero, y es lo menos intuitivo: los bancos crean dinero al prestar. Cuando te autorizan un crédito, el banco no saca los billetes de una bóveda; anota un depósito a tu nombre. Ese depósito es dinero nuevo que antes no existía. Dinero y deuda nacen del mismo acto, al mismo tiempo. Por eso la deuda siempre va a correr por delante del dinero: es literalmente lo que lo produce.
¿Entonces no hay ningún problema?
Sí lo hay. Pero no está donde el titular lo pone.
El riesgo nunca fue el tamaño. Son tres cosas concretas: que el costo de los intereses crezca más rápido que el ingreso; que los plazos sean cortos y haya que refinanciar todo el tiempo, a merced del humor del mercado; y que se deba en una moneda que no controlas. México aprendió las tres a golpes en 1982 y en 1994, y esa cicatriz explica por qué hoy se endeuda en pesos y en plazos largos.
Un país con mucha deuda barata, en su moneda y a treinta años, está en mejor posición que uno con poca deuda cara, en dólares y a un año. El número grande no dice nada por sí solo.
Lo que esto significa si diriges una empresa
Todo lo anterior aplica igual en una planta de trescientos empleados.
He visto directores que duermen mal por el saldo del crédito y a la vez no saben cuánto les cuesta al año su desperdicio de producción. El saldo es un número que asusta; el desperdicio es un número que sangra. Casi siempre el segundo es mayor.
Las tres preguntas que sí valen, y son las mismas para un país que para una fábrica:
- ¿Esta deuda compró capacidad productiva o tapó un hueco de operación?
- ¿El flujo del negocio cubre el servicio con holgura, o vamos justos cada mes?
- ¿En qué moneda y a qué plazo?
Si las tres respuestas son buenas, la deuda es una herramienta. Si alguna falla, el monto es lo de menos: el problema ya está adentro de la operación, no en el estado de cuenta.
Los 353 billones de dólares del mundo no me quitan el sueño. Me lo quitaría una empresa que crece endeudándose para financiar su propia ineficiencia. Esa sí, tarde o temprano, paga.
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FuentesInstitute of International Finance (Global Debt Monitor, 2026), Departamento del Tesoro de Estados Unidos y Reserva Federal, Secretaría de Hacienda y Crédito Público, Banco de México.